Su prudencia, su orgullo y su espíritu de sacrificio le mantenía hasta límites incalculables, ella era así y no la cambió nadie en toda su vida. Seguiré hablando de mi madre, de cuando vivíamos todos en Madrid. Sólo quiero resaltar unas vivencias de aquel verano con la rubita llorona y deliciosa, Pepa. Resultaba
«MEMORIAS DE UN DESCONOCIDO» DECIMOCTAVA ENTREGA DEL CAPITULO 1
Cuando llegaban las Navidades con sus Reyes Magos, les hacía a mis hermanas, con aquellas peponas de cartón, unos vestiditos que elaboraba con sus propias manos y a los niños que éramos sólo dos nos hacía unos canastitos llenos de peladillas. También mi tío Rafael, que era muy mañoso, hacía un camioncito de madera



