
EPÍLOGO
Este epílogo tiene mucha importancia para mí, aunque ya me he referido a él en cierto capítulo de estas memorias, ya que deseo resaltar la importancia que tuvo por el peligro que corrí y, además, por haber evitado un incendio de dimensiones tristemente importantes.
Esto que relato es mi historia, la que he vivido en mis 83 años de vida, y lo hago para dar testimonio de una existencia un tanto peculiar, quizá no única, pero sí con grandes momentos de expectación. Uno de ellos fue poner en marcha, a las 7:00 h de la mañana, la máquina de café antes de que llegaran los aceituneros que iban a trabajar al campo y querían tomar su café calentito. Para ello, había que tener la máquina a una temperatura determinada.
Esa temperatura se lograba a base de un infernillo especial que se colocaba debajo de la propia caldera y, como he dicho, tardaba unos quince minutos en calentarla.
¿Qué pasó un día? Que, haciendo esa operación de cargar de combustible el infernillo, se prendió el maldito aparato. Doy gracias a una inspiración divina, pues tenía a mano una cantidad considerable de sifones que me inspiraron para hacer uso de ellos. De alguna manera, ese día inventé el EXTINTOR.
Todo ello ocurrió estando solo, en la noche cerrada de un frío invierno, y todavía no había cumplido los 14 años. Confieso esto ahora, que tengo 70 años más de los que tenía entonces, pues nadie, absolutamente nadie, supo ni sabe hoy de lo que pudo haber sido aquella TRAGEDIA que, afortunadamente, pude solucionar sin que nadie se enterase de nada.
Y cuando digo nadie, quiero decir absolutamente nadie, ya que ese mismo día los aceituneros tomaron su café calentito y su copita de anís MACHAQUITO.
LA VERDAD ME HACE LIBRE