«MEMORIAS DE UN DESCONOCIDO» PRIMERA ENTREGA DEL CAPÍTULO 44

Al final de toda esa no muy larga temporada conocí a Pili. ¿Cómo la conocí? Pues resulta que me había invitado a una cena una dama a la que, a su vez, me había presentado otra señora que colaboraba conmigo en La GRAN CARTA, de la cual ya he dado información anteriormente.
 
Esta dama, con la cual fui invitado a la cena que organizaba la propia dueña del CHALET donde se celebraba el encuentro, cobraba —no recuerdo cuánto— una cantidad por asistir. El objetivo de esas cenas no era otro que ayudarse mutuamente, ya que, si mal no recuerdo, esta señora era viuda. Además, con estos encuentros promovía que hombres y mujeres pudieran conocerse.
 
Fue en ese lugar, ya descrito, donde conocí a la que hoy es mi esposa, Pili. Con ella me casé después de vivir como pareja unos cinco años, tiempo que nos sirvió para conocernos el uno al otro.
 
La verdad es que fue algo bastante inesperado para mí, pues la noche de aquella cena en el CHALET parece ser que le caí bien, ya que, después de cenar, pusieron música y bailamos buena parte de la noche.
 
No puedo recordar cómo se llamaba la dama con la que fui a la cena, pero sí puedo decir que, cuando esta terminó, se quedó en la cocina bebiendo ginebra con tónica hasta que se dio por finalizada la velada en el CHALET.
 
Después nos fuimos a una churrería. Éramos cuatro: las dos amigas que habían aparecido después de la cena, casi al final de la noche, y Loli y yo. Fuimos a tomar chocolate con churros, y esa fue la primera y última vez que vi a aquella persona, pues mi situación no era la más adecuada para ayudar a una ALCOHÓLICA.
 
La verdad es que aquella noche estuve más con Pili —hoy mi esposa— que con la persona que acabo de describir, ya que esta última incluso tuvo un altercado con un amigo suyo que apareció a lo largo de la noche y que también le daba a la ginebra, pero éste sin tónica.
 
Bueno, como decía nuestro buen amigo Desiderio, “a lo que vamos”. Y lo que vamos es que Pili y yo estuvimos viéndonos durante un tiempo, pero yo me decía a mí mismo que aquello no podía ser, pues tenía un trabajo indigno con el que apenas podía ayudar a mis dos hijas. Además, había visto en Pili una persona con un nivel cultural muy superior al mío, ya que, como habrá podido observarse a lo largo de estas memorias, mi padre me sacó de la escuela a los trece años.
 
Aun así, aproveché un viaje con tres de mis hermanas y el marido de una de ellas, durante el puente de la Inmaculada, para ir a nuestra CIUDAD DUCAL de OSUNA, a la que hacía mucho tiempo que no íbamos. También pasamos por El Ronquillo, un pueblo de la provincia de Sevilla donde mi hermana Carmela, la mayor, tenía una bonita casa.
 
Después, por suerte, estuvimos en SEVILLA, que seguía en el mismo lugar y seguía llena de sevillanos. Aunque los andaluces tenemos fama de graciosos, la verdad es que unos más que otros: por ejemplo, los sevillanos se ríen más de sus semejantes, mientras que los gaditanos se ríen de su propia sombra.
Aquel viaje me sirvió para reflexionar sobre si podía o no iniciar una relación seria con una mujer que, como he dicho, poseía una gran cultura y ocupaba un puesto MEDIO ALTO en la administración.
 
Con este panorama, había decidido, a través de un teléfono público en una cafetería que había al lado de donde vivía mi hermana CARMELA, decirle muy respetuosamente que lo nuestro no era posible. La verdad era que, por muchas razones que no podía exponer, yo mismo veía imposible aquella relación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

oktoberfest-biergarten


Canela Bistro