«MEMORIAS DE UN DESCONOCIDO» PRIMERA ENTREGA DEL CAPÍTULO 41

Cuando me vi, digamos, en la “calle”, todavía vivían mis siete hermanas y mis dos hermanos. A todas esas circunstancias se sumaba la intervención de nuestro grupo de empresas, en el cual figuraba el BANCO MERIDIONAL. Esto ya lo he explicado en los capítulos del 21 al 30, con lo cual se juntó el hambre con las ganas de comer.
 
Fue mi hermana CARMELA, que era la mayor, quien me dio cobijo en su casa, junto con su familia, y gracias a eso no me vi literalmente en la calle, como les ocurre a muchas personas que más o menos están en mi misma situación. En honor a la verdad, yo contribuía en los gastos que se generaban en aquella casa, aunque también es justo decir que ella nunca me exigió absolutamente nada.
 
Y así, poco a poco, fueron volviendo mis ganas de vivir, aunque tenía un trabajo degradante para una persona que, muy poco tiempo antes, había creado en dos años una cadena de SUPERMERCADOS. Entre el personal propio de los supermercados, los departamentos de compra —que estaban centralizados en MADRID— y el personal de administración, en conjunto éramos unas quinientas personas. Estos supermercados fueron vitales para la compra del banco, y no entro en más detalles porque en los capítulos del 20 al 30 doy toda la información sobre ello. No en balde, el conjunto de esos capítulos los denomino LA ECONOMÍA PRODUCTIVA, que pone por delante el producto a la ORTODOXIA, porque con la ortodoxia no se come y con la producción SÍ SE PUEDE COMER, que ES LO QUE NECESITAN TODOS LOS SERES HUMANOS.
 
El funcionario (no todos) con poder es un asesino en potencia, porque es incapaz de entender que las personas trabajan para poder vivir, y los funcionarios (no todos) son como el perro del hortelano: ni trabajan ni dejan trabajar.

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